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domingo, 3 de agosto de 2008

Generación Perdida


POR ANA MUÑOZ *. 26 de julio de 2002



Hace ya más de diez años, en la Cumbre de la Infancia, que los Gobiernos mundiales se comprometieron a construir un mundo mejor para los niños de todo el mundo. Todas las naciones perseguirían los delitos y los abusos cometidos sobre uno de los grupos de población más débiles. Dirigentes de todo el mundo estaban dispuestos a hacer cumplir los derechos de la infancia. Sin embargo, la situación no ha cambiado mucho y los niños siguen estando desprotegidos frente a torturadores, mafias o conflictos bélicos.

Las denuncias de malos tratos, abusos sexuales y violación de los derechos más elementales de los niños siguen apareciendo en los medios de comunicación de todo el mundo. Uno de los últimos casos se ha da en Filipinas. Esta semana se ha conocido que más de diez mil menores viven en las cárceles de este país asiático. Algunas ONG que trabajan en el terreno explican que esa cifra es errónea y que la cifra es el doble. Esto supone que cerca del 10% de los reclusos filipinas son niños.

En Filipinas, la población infantil supera los 35 millones, lo que supone que son cerca de la mitad de la población, aunque teniendo en cuenta que muchos de los niños que nacen no son registrados hay que tomar la cifra como una mera aproximación. Muy pocos pueden decir que sus derechos son respetados. Más de 40.000 viven en la calle, tres de cada 20 menores de entre 5 y 17 años trabajan y alrededor de cien mil sufren abusos sexuales, según cifras de Unicef. Sin embargo, la organización Philippine Resource Network facilita unas cifras aún más terribles: la mitad de los niños sufren malnutrición, cinco millones trabajan, casi un millón vive en la calle, uno de cada tres sufre abusos y 60.000 pertenecen a redes de prostitución o mafias organizadas.

La guerra que durante años devastó el archipiélago tuvo como uno de las más graves consecuencias toda una generación de niños perdida. Alrededor de cuatro millones de niños, en 1988, fueron desplazados de sus hogares debido a los combates. Cerca de cinco mil menores tuvieron que presenciar matanzas, 144.000 vieron como sus padres eran encarcelados en prisiones y cerca de 140.000 quedaron huérfanos. Nadie se ocupó de dar garantías a estos niños que eran incapaces de comprender todo lo que estaban viviendo.

Tras firmar los acuerdos que pusieron fin a años de odio, la situación no mejoró para los infantes. Ni siquiera después de que en 1992 el Estado se comprometiera a proteger a los niños las cosas no han cambiado y las cifras de delincuencia, abusos y violaciones de derechos de los menores aumentan de manera alarmante. La infancia sigue siendo débil y nada pueden hacer para defenderse.

Lo niños que viven en la calle son encarcelados por esnifar pegamento o por cometer delitos menores, aunque algunos denuncian que, en ocasiones, la policía los detiene sin motivo alguno. Todos ellos son enviados a las cárceles donde tienen que esperar, a veces, varios años para que se produzca el juicio. Ninguno de ellos reciben una buena defensa.

Sin embargo, el problema más grave está en la falta de centros de detención para menores. Los existentes, una docena situados en Manila, se encuentran colapsados y los menores son enviados a prisiones de adultos. Así, niños de seis o siete años se ven obligados a compartir espacios con asesinos, narcotraficantes o violadores. Se sabe que la gran mayoría de los menores que entran en prisiones son violados por los presos, a pesar de que nadie denuncia los hechos ya que en las prisiones filipinas rige la ley del silencio. Aunque, como siempre, son las niñas las que se llevan la peor parte. Según denuncian asociaciones de ayuda a la infancia, es normal que la policía encarcele a niñas que no han cometido ningún delito. Las menores son convertidas en prostitutas para guardianes y reclusos. De este modo, los delincuentes son controlados en todo momento. Esta práctica habitual en países del Sur equivale al permiso tácito de traficar con droga en las prisiones occidentales.

Las cárceles, por supuesto, no cumplen ninguna de las normas de higiene obligatorias. Los niños duermen hacinados y permanecen encerrados la mayor parte del tiempo. Tampoco las comidas son adecuadas y de su educación nadie se ocupa. Toda una generación perdida víctima de una justicia corrupta e injusta.



* Periodista

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